Debajo del asedio del tiempo la siguiente ola pasa de nuevo arrastrándome a la orilla que no llega. Otro minúsculo tormento otra fatiga otro "¡ay! Dios mío" que cabizbaja digo arrodillada a la orilla de mi cama. Toda mi oración se redujo a tres palabras... no hay más que decir y sin embargo afuera se levantan monstruos peores que contra los que lucho a diario. Esta es mi trinchera. Quiera Dios ver a su sierva con agrado. Acallar las voces, la batalla, o aumentar las fuerzas. Mis héroes solían tener poderes de los que no ha oído el tiempo... hoy volteo para ver al hombre que con su sudor santo carga el tercio de leña, sonriendo. Así, acorralada entre la vida y la muerte entre lo santo y lo inmundo entre lo cotidiano y lo eterno en el vértice absoluto de la Palabra favorezco en carne propia y en contra mío que gane el bien, en lo que yo muero.
Gerardo tiene 13 años. Sé que debió haber sido el dolor de cabeza para cada maestra que tuvo, hasta tercer grado (que es donde supongo que se quedó). La primera vez que lo vi fue en una esquina. Estaba a punto de cruzar la calle conmigo pero aún no nos favorecía el color del semáforo. Sus ojos saltones me encontraron y pensé que iba a robarme. No supe qué hacer y le sonreí. Cruzamos la calle juntos y, al llegar a la esquina escuché que la señora de los panes le gritaba algún regaño. Actué como si no me importara. Él alzó la mano, gritó alguna cosa como “¡sí hombre!” y continuó caminando a la par mía, a unos metros. Supuse que era el conocido… el chico que todos odian, que le trae problemas a todos, pero el que saca las más sinceras sonrisas también. “Es que cuesta va seño” me dijo de repente, fue peor que asaltarme, tampoco supe qué decirle. Sus ropas estaban sucias hasta el alma, lodo sobre tierra sobre manchas, sus tenis que alguna vez fueron parecidos a los tacos de al...
Texto Yacía tirada en el suelo, sin ningún atractivo, seca, despreciable, olvidada. Aunque la noche cubría su desdichada figura... "ya no sirve de nada" diría alguien; lo comido, lo arrugado ya a ninguno le interesa. Los meses pasaron por ti y aquella, aquella figura hermosa, roja, deseable que colgó del árbol un día, se ha vuelto oscura en un momento. La manzana colgaba del árbol... En su juventud, en los días que todos los que los han pasado añoran... -el rocío que cada día cubría tu forma, el árbol aún te sustentaba... vivías, soñabas, anhelabas.- La manzana cayó del árbol... -¿Te cansaste tal vez? ¿Te cansaste de ser deseada? Tal vez ninguno se animaba a venir por ti, eras demasiado, estabas muy lejos. Aquellos que tiraban piedras no pretendían lastimarte. Y, en el suelo te das cuenta de que eres tan vulnerable como cualquier otro ser... el árbol ya no te protege, las hojas no te cubren más y la savia que alguna vez tomaste se quedó ahí; solamente tienes ...
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